Ana Bella López Biedma – España

Prosas escogidas

Pagoda

Me llega este silencio como un viejo amigo y se queda aquí, entre mis costuras, en los huecos que deja el sol, en esta soledad de pagoda y frío. Se instala y lo llueve todo como un niño triste de peces, como un lunes sin olas. Hay un canto oscuro de grillos que me carcome por dentro y no respiro. Sé que no respiro.

No soy de nadie, no soy de ningún sitio, no pertenezco. No pertenezco. Nunca pertenezco.

Habito en esta soledad sin pliegues, donde todos los libros están cerrados y el mar no llega. Dejo crecer mis manos de escarcha. Apenas soy un abrazo a solas.

En mi pagoda.


Negro vinilo

Cristina sale del colegio deprisa. Cuando se aleja lo suficiente, se arremanga la falda para que se le vean las rodillas. Así no parece tanto que lleve un uniforme. Odia ese disfraz de colegiala casi tanto como a las monjas. No importa. Pronto llegará el verano y después el instituto, y con él poder ir vestida como quiera y tener por fin compañeros y no solo ese rebaño de niñas ruidosas que tan poco tienen en común con ella. Con alguna excepción prefiere rodearse de chicos, con los que comparte más aficiones y la simplicidad de lo directo.

Ella aún no lo sabe pero se mueve con la cadencia de un cisne a medio hacer. En su cuerpo se adivina la mujer que será, toda hecha de redondez. Redondos sus ojos de asombro, redonda su cara y sus senos menudos, redonda ella en su andar resuelto de inocencia.

Hoy vuelve sola. Yolanda tenía que irse a comprar con sus padres pero ella no quiere faltar a su cita diaria aunque sea sin compañía. Camina deprisa por la acera, sin mirar a ningún lado, solo pensando en llegar a su tienda favorita. De allí son los pocos discos que ha podido adquirir con su paga de domingo. Todos salvo el primero, que le regaló JR, el dueño de la tienda, Local Hero de los Dire Straits. Sueña con tener algún día un tocadiscos donde poder escucharlos.

Al entrar suena la campanita y la envuelve una vez más ese olor a vinilo, a papel antiguo, y la carraspera de un blues sonando bajito. Inspira despacio y luego aguanta el aire. Hay algo mágico en esa primera bocanada que reposa en sus labios, en su garganta, en sus pulmones. Allí se siente como en casa, como no se siente en su propia casa. Es su lugar, su cajita de cristal, su abrigo.

JR sale de la trastienda. Lleva su eterno traje gris y esa corbata mal puesta, hoy de rayas azules. Es un tipo mayor, seguramente andará ya cerca de los cuarenta. Parece un padre elegante pero sin niños. Siempre sonríe, con una sonrisa que abarca toda su cara. Tiene las manos grandes y se mueven inquietas como animalillos. Y su voz suena como si estuviera lejos, dentro de algún pozo oscuro.

Cristina le devuelve la sonrisa. Es como el guardián del tesoro, el dragón de sus libros de Tolkien, el amo del calabozo. Él la mira con esos ojos azul vidrio y parece que no parpadea. La mira intensamente, extrañamente y le pregunta si está sola. Ella asiente. Entonces él levanta de pronto aquella mano enorme y la pone en su hombro. Un gesto casual.

–Podrías venir a la trastienda, acaban de traerme las últimas novedades del mercado.

Nunca ha estado en la trastienda. Yolanda y ella recorren durante horas los pasillos y estantes de la tienda cada día al salir del colegio, pasando discos con sus dedos. Pero no van nunca a la parte de atrás.

Ella le mira y no sabe si es esa mano, que aferra su hombro ahora con fuerza, si son esos cristales opacos de su mirada, si es esa sonrisa que de pronto parece pintada en su rostro, si es la mano que ahora baja por su brazo y sigue bajando y roza su cadera. No sabe aun lo que es pero sabe que no, que no debe ir a la trastienda. JR da un paso hacia ella, se coloca más cerca, tanto que bizquean sus ojos, que su aliento le llega caliente y pegajoso, tan cerca…

Suena la campanita y de pronto están más lejos, aún frente a frente. Ella balbucea algo que quiere ser una despedida pero se convierte en un gorgoteo ininteligible. Después se da la vuelta y se va.

No supo por qué hasta mucho más tarde pero nunca más quiso tener un tocadiscos.

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