El brillo en la mirada (cuarta entrega) por Eva Lucía Armas & Gavrí Akhenazi

Capítulo 6

El té de mi abuela

Por Eva Lucía Armas


Averigüé varias cosas aquella tarde, mientras mi abuela me mimaba entre infusiones de tila y murmullos cariñosos.

La aparición de Daniel a la salida de la iglesia y la extemporánea reacción de mi mami me habían producido un estado de ansia, aún peor que la abstinencia de él.

Mi padre, que gracias a Dios, no nos había acompañado a la misa, andaba de un humor de diez mil perros. Bufaba y maldecía todo el día, paseándose por la casa con zancadas enormes, como si se hubiera quedado encerrado dentro de ella.

Nadie se animaba a preguntar “¿Papá, que le pasa?” , evitando ser desencadenante de más ira y a mi madre, tan de poco hablar, era inútil preguntar también, porque ellos no se comunicaban los problemas de él. Nunca mi madre había tenido la más leve injerencia en los asuntos de mi padre, más allá de tener que organizar recepciones y convites para que su marido se luciera ante las amistades.

Después de mucho analizar las parejas que conocía, había llegado yo a la conclusión de que ninguno sabía por qué estaba casado con el otro. Parecía que todos los matrimonios de la edad de mis padres, habían sido una especie de negocio. Hasta el de Josefina iba camino a ser parte de la misma operación comercial.

—¿Nadie se enamora en este pueblo? —le pregunté a mi abuela, que trajinaba de aquí para allí entre las rosas y los jazmines.

Ella se detuvo un instante.

—No es esa la pregunta que debes hacer —murmuró— Tú debes preguntar por qué todos se enamoran de la persona equivocada.
—¿Todos, abuela? —me asombré— ¿Usted también?

Sonrió .
Y se puso a hablar de que se llevaba bien con el abuelo y de que a veces lo extrañaba, aunque pelearon aquel día (estuvo un mes sin dirigirle la palabra) en que él decidió casar a mi madre con mi padre porque según decía mi abuelo: “el amor es el producto de la diaria convivencia y del paso del tiempo” y mi abuela no estaba tan segura de que eso fuese cierto.
Aunque mi padre viniera de buena familia y con una desahogada posición económica como para solventar los escasos caprichos de mi madre y complacerla en las pequeñeces que a veces tenemos las mujeres, aún dudaba mi abuela de que hubiese sido una decisión acertada.

Invocó el carácter dócil, sumiso y falto de pretensiones de mi madre como un motivo valedero para que bastara para ella contar con el amparo de mi padre. Y agregó “distinto es tu caso o mi caso…Tenemos otro temperamento… Y además tu madre optó por no decir nada ¡Se calló la boca!…”

Aquella obediencia hacia la voluntad paterna parecía fastidiar a mi abuela por más motivos que su sola ocurrencia.
En el fondo, la rebelaba aquella pasividad de mi madre para con su dictado destino como si en él hubiese alguna otra cosa por la que no se decidió o por la que no luchó y en la que quizás mi abuela la hubiera secundado.
Volvió a las rosas y a sus pestes.

—¿Por eso mi mami perdió el brillo en la mirada? —pregunté, dando por supuesto lo que mi abuela no contaba.
—Lo había perdido antes. Por eso se casó con tu padre en silencio —contestó la abuela, en un susurro.

A veces pensaba yo como podían adaptarse mis hermanas a las estupideces que se conversaban en las reuniones que mi padre solía organizar.
A las mujeres nos ponían todas juntas y los hombres se agrupaban por otro lado, siempre supuse que para no oír las idioteces sobre vestidos, partos y domésticas, que se repetían invariablemente. De tanto oírlas, Josefina le había tomado pánico a tener un hijo como si debiera afrontar una maldición que acabaría irremediablemente con su vida. Quizás por eso dilataba tanto su casamiento.

Mi madre hablaba poco en esas reuniones. Se limitaba a ofrecer un buen servicio a los invitados manteniéndose al margen de los cuchicheos de las comadres.

La tía Felicitas, en cambio, era el centro mismo de los corrillos. Sabía todo de todos. Lo pasado, lo presente y con sus dotes de agorera, también el porvenir. Le encantaban los malos augurios, los “ dije que así sería” y el pronóstico de Apocalipsis ajenas. Era especialista en el juicio y la condenación. Nunca podría haber sido abogado defensor de nadie, salvo de ella misma que se exculpaba de cuanto pecado echaba sobre los demás, porque su ocupación en la vida era, al decir de mi padre, “sacudir la sábana de los pecados para salpicar un poco a todos” . Y eso que era su hermana. El primero en huir de la tía Felicitas era él.

Mi madre la toleraba en silencio, como hacía todo mi madre, así que poco podía hablar la tía Felicitas de ella.

A veces llegaba con la tarde y se instalaba con su lengua. Mis hermanas la usaban para entretenerse y conocer secretos de sus rivales. Yo me iba, siguiendo el ejemplo de mi padre. Mi madre se retiraba al silencio. Así, la tía Felicitas tenía todo el espacio necesario.

Recuerdo aquella vez, cuando Irala era recién llegado al pueblo, lo alborotada que apareció mi tía.

Llegó, como si el diablo la trajera puesta y le dijo a mi madre que tenía para ella una novedad “recién sacada del horno”. La encerró en la habitación matrimonial para contarle solamente a ella, la novedad que traía. Supongo que para no tener disgustos, mi madre le hizo caso.

Estuvieron hablando allí adentro un tiempo demasiado largo para una conversación entre ellas. A veces me pregunto por qué mi madre le tiene tanta paciencia a la tía Felicitas. Hasta diría que le profesa afecto.
Cuando salieron, la tía Felicitas parecía surgida de un confesionario. Con su alma aliviada, ayudó a mi madre todo el resto de la tarde en los quehaceres y hasta se obstinó en cocinar la cena, cuestión que espantó a las domésticas y por poco provoca una rebelión en las cocinas. Igualmente, la tía Felicitas cocinó.

Se quedó con nosotros una larga semana. Luego mi padre le diría a mi madre “ No le des tanta confianza a Felicitas o acabará mudándose aquí”. A lo que mi madre respondió “Está muy sola en esa casa tan grande. Necesita conversar”. Y mi padre aún dijo “Hazme caso … Si no se ha mudado hasta ahora es porque vivimos lejos del pueblo y eso la mantendría desinformada de las vidas ajenas … Y siendo como eres tú de buena… acabará Felicitas al comando de esta casa y arreglando nuestras vidas …”

Le comenté a mi abuela, que había dejado las rosas para ocuparse del servicio de té, aquella visita de la tía. Y luego le hablé de la misa, de cómo el cura y Daniel Irala se habían mirado.
Mi sensación había sido que cruzaban relámpagos a través de los ojos.

—Ah…le habrá dado un pasmo a Monseñor —comentó ella, aludiendo al cura— Sin duda estará primero en la fila de irse al infierno, nuestro párroco … En aquellas épocas se negó a bautizar a la criatura, nadie sabe por qué, sólo el cura… Por eso Francisco cargó al muchacho en el tren y lo llevó a la ciudad. Allí lo internó en un colegio religioso. Y para evitar las malas lenguas al cabo acabaron yéndose todos … La peor de las lenguas es la del cura. Ha dañado muchas cosas en este lugar.

Estuvo un rato enfrascada en sus propios pensamientos, recordando alguna cosa que le contrariaba el gesto y agregó al fin de sus cavilaciones:
—¡Hasta Felicitas restringió sus visitas al confesionario y sus preces por los difuntos, cuando antes vivía para las velas…! Mira si será de cuidado la lengua del cura … ¡hasta Felicitas le huye!…Porque ella, en el fondo, no es mala. Esa muchacha no ha tenido suerte.

En realidad, la abuela tenía razón.
La tía Felicitas, a pesar de gustar del chisme, siempre había sido muy buena con nosotras, sus sobrinas. Había cosido vestidos magníficos en horas y horas de dedicación y había ayudado a mi madre siempre. Nos había atendido y mimado a su manera como mejor pudo.

Recuerdo a mi madre un día en que me escuchó criticar a la tía por su vocación por la vida ajena.
Me miraron sus ojos pacíficos y su voz me dijo : “Luisina ¿por ventura piensas que si Felicitas hubiera tenido una bonita familia con un hombre al que querer y una madre apacible que la escuchara de vez en cuando, sería como es?”

Yo pregunté : “¿ Quiere usted decir que si hubiera podido ocuparse de otra cosa … lo hubiera hecho?”
Y mi madre, que terminaba de anudar un hilo en su bordado sonrió con ternura y agregó : “No se lo permitieron, hija mía. No le permitieron ser feliz. Y dime que eso no crea dolor y enojo …”
Con seguridad sí. Pero igualmente no justifica que una se ande ocupando de presagiar desgracia ajena.

Entonces le pregunté a mi abuela por qué se habían disgustado la familia de Daniel y la nuestra.

—Pensé que a nadie le interesaba saber eso y se conformaban con que así fuera, simplemente —murmuró ella y sirvió más té— Y a ti te interesa porque Daniel te interesa… De otro modo, seguirías la tradición. Fue un problema de intereses y no de amores, como se dice por allí para hacer más entretenido lo dinerario. Pero que este problema dinerario ha perjudicado y acrecentado los de amores … ha sido tan cierto que las consecuencias han reemplazado al problema original —explicó mi abuela con soltura.
—Me quedo más tranquila —respondí yo, con poca convicción.
—Luego ¿te quieres casar con Daniel Irala? —agregó ella.

Yo no pensaba casarme con Daniel Irala.
Ni siquiera se me había ocurrido semejante cosa.

En realidad, yo aún no había barajado la posibilidad de casarme ni con Irala ni con nadie.
No desesperaba como Josefina, deseaba como Cayetana o fabulaba como Bernardina sobre ese hecho en mi vida. Prefería mirarlas a ellas como hacían de tal suceso el único motivo de su existencia y esa limitación me alejaba más de querer hacer lo mismo. Cuestión que no excluía lo interesante que me resultaba el señor Irala y lo a gusto que me hallaba en su compañía.

“Quizás sea el momento de romper con la costumbre” pense.


Capítulo 7

Asmodeo

Por Gavrí Akhenazi



Arrodillada en uno de los bancos de la iglesia, María Rosa Otaisa, con la cabeza cubierta y la boca encima de las manos unidas, rezaba, mientras las lágrimas le caían encima de los rezos y mojaban las maderas del reclinatorio.
Le prometía de todas cosas a la Virgen, desde llenarle la iglesia de rosas blancas hasta repletar los tres limosneros con monedas de oro. Le prometía todas las velas que pudieran fabricar las cuatro veleras de Villarrica y todos los mantos que pudieran bordar las bordadoras, con hilos de plata y seda de la China “pero lo quiero arrodillado delante de mí… mi Señora de Todos los Milagros…” clamaba entre sollozos y promesas, levantando sus ojos hermosos a la imagen piadosa, que rodeada de serafines bendecía a los pobres mortales a sus pies.

Aturdida, suplicaba y suplicaba, como nunca había suplicado. Y se hacía responsable y pedía perdón, en una serie de incoherencias superpuestas que debían resultarle inteligibles a la Virgen, más allá del arrepentimiento desesperado que La Dueña le manifestaba.

Todos los días se levantaba imaginando la forma de destruir a Irala. Quería verlo con el rostro en el polvo, derrotado, pidiéndole clemencia. Una clemencia que jamás le concedería. Quería humillarlo, doblegarlo, quebrarlo y quizás matarlo, porque no había lugar para los dos sobre la tierra si él no estaba con ella y para ella, según mascullaba en sus febriles días de odio.

A María Rosa, el despecho se le había subido también encima del juicio, porque luego de la escena ultrajante en el galpón del herrero, él se había negado a recibir todas sus misivas, que Bravo llevaba en persona hasta Las Sombras.
Llevaba días sin noticias del que ella quería para que fuera su hombre.
Las noches se le volvían solitarias porque el deseo la enfermaba y se retorcía gimiendo por él. Entonces, la imagen recurrente de la posesión por la fuerza, la transformaba en un animal sediento.

Después de una larga semana, Irala apareció por el pueblo.
Pero no fue a verla, a pesar de que María Rosa envió prestamente a Nieves con una esquelita que regresó tan doblada como partió de sus manos.

—No solamente se alzó con la hipoteca que nos iba a asegurar la fidelidad de de León… —protestaba, retorciéndose las manos delante de los otros poderosos que comenzaban a cerrar filas precipitadamente, viendo como la figura de Irala cobraba una envergadura desproporcionada para el tranquilo ambiente en que siempre se habían desarrollado sus negocios sucios— sino que además, parece obstinado en perjudicarnos a cualquier costo.

Cualquiera que no cerrara filas con ellos los perjudicaba y por eso habían tramado cuidadosamente la forma de que Huberto de León se viera obligado a obedecer las normas del resto, bajo una sutil fachada de coacción.
“Huberto es demasiado moral” solían decir a solas.
De pronto, la interposición de Irala comprando la hipoteca, les había dejado extrañamente desarmados.
Tampoco parecía posible confiar en la seducción de María Rosa Otaisa, cosa que desconcertaba por demás al resto de varones que hubieran dado cualquier cosa por una de sus miradas.

Sin embargo, la cosa comenzó sobre el filo de la siesta, cuando le vinieron a decir del frente que le traían recado.
Como María Rosa estaba descansando, salió Nieves de la casa hasta el portal de rejas, protestando por lo importuno de la hora para andar molestando en casa ajena.
Del otro lado del alto portal había un recadero.
Había liado el caballo a las rejas laterales y esperaba que le atendieran, recostando una pierna sobre el naranjo de la calle y mordisqueando las hojitas que su mano arrancaba.

Cuando Nieves abrió la reja, avanzó decidido hacia ella y sin hacer caso de nada, se metió en los jardines diciéndole apenas “ tu doña me espera”.
Perseguido por Nieves que le gritaba, cruzó todo el jardín, trepó a la escalinata con un salto de gato e invadió la casa sin permiso, lo que motivó una convulsión entre las sirvientas que empezaron a gritar y cruzársele, para impedirle llegar a donde parecía decidido a llegar por más gente que se le atravesara.

Enseguida pensaron las mujeres que venía a cobrarle a la patrona algún daño que ella le hubiese hecho, porque aunque hasta entonces no había sucedido eso, todas tenían por cierto que algún día habría de ocurrir.

Alertado por semejante escándalo, Bravo, que apuraba su almuerzo en la cocina, se levantó corriendo con el cuchillo desenvainado y el rostro torvo que ponía cuando lo molestaban en su descanso.
Entró al salón íntimo donde el intruso se había detenido y los dos se miraron.
—Ahhh… era el señor… Disculpe… —dijo Bravo, se metió el cuchillo en la cintura y se fue sin hacer ruido, maldiciendo a todas aquellas sirvientas que por poco lo meten en un soberano lío.
Mientras se iba farfullando, se cruzó con María Rosa que bajaba corriendo las escaleras.
—Parece que el señor de Las Sombras por fin hizo el favor de venir… —le comentó Bravo, arreando a todas las sirvientas que miraban apretujadas unas sobre otras como era el hombre ese por el que su señora parecía haber perdido el sano juicio.

Ahora, que ya María Rosa había perdido las esperanzas de tenerlo por las buenas y empezaba a maquinar como acceder a él por algún otro método, lo encontraba de pie en el íntimo aquel, disfrutando de los bocados de miel que Nieves había preparado especialmente para satisfacer el capricho de su ama. Del arte culinario, solamente quedaba una muestra.
—¿Quieres? —le preguntó Irala, arrojándole el último bocado por el aire. Ella no alcanzó a tomarlo y se estrelló en el piso, donde se deshizo en un montón de líquido dulce y ambarino.
—Qué torpe eres —la reprendió él y se le acercó a tan corta distancia, que María Rosa percibió el aroma extraño a jugos verdes que emanaba de su piel morena. Cerró los ojos cuando los labios aletearon encima de los suyos y la lengua caliente le lamió la boca.
—Pensé que nunca vendrías… —susurró y los calores de los últimos tiempos se le subieron por cada centímetro del cuerpo.

El no la rozó más que con los labios. Le recorrió el rostro suavemente, con los labios entreabiertos y el aliento y bajó despacio por su cuello, sólo con la boca, hasta detenerse en el escote, sobre el nacimiento de los senos.
Quiso abrazarlo, sujetarlo con sus manos extendidas y ansiosas, retenerle la boca apretada a la suya, pero él no la dejó.
A través de la tela de la blusa, le mordisqueó la redondez turgente de los pechos, mientras volvía a decirle como a los caballos que amansaba “shhh… shhh… quieta…”. Evitaba la caricia de sus manos sujetándolas firmes a los lados del cuerpo con las suyas.
—¿Me deseas… dueña? —le preguntó como si ronroneara, sin dejar de acariciarla con los labios – ¿Cuánto me deseas?
María Rosa parecía embriagada. Con los ojos cerrados lo dejaba rozarla como se frotan los gatos contra las piernas de sus dueños y pensaba en los días pasados ansiando esa proximidad de los alientos y las pieles.
Ahora él la mordía suavemente, donde antes había rozado con los labios. Despacio, le dibujaba el rostro, el cuello, los hombros, impidiéndole aún la devolución de los contactos.

Con el pañuelo que llevaba al cuello le ligó ambas manos. Ella lo permitió explorando en el juego distinto que el Irala proponía. Y le dejó también que sujetara aquella atadura a uno de los apliques de la columna izquierda que sostenía las techumbres, de modo que se encontró allí, como una prisionera, mientras él se apartaba un poco para mirarla con sus ojos, apenas entornados.
—¿Sabes danzar? —le preguntó, curioso y dejándola allí como si no hubieran estado jugando a excitarse, se acercó a la mesa de las bebidas y durante algunos minutos estuvo investigando que cosas se servían para los invitados en aquella casa.
—¿Bailar? —le preguntó María Rosa.
—Danzar… dije —le aclaró él, con un dejo de fastidio— Quiero que dances para mí.
—Estás loco… Vamos, niño, deja de jugar y bájame de aquí…

Los ojos del Irala que se habían distraído en los tejidos de primorosas puntillas que adornaban las pequeñas mesas del íntimo se volvieron hacia la mujer.
Volvió a acercarse, sin dejar de mirarla y los dedos de su mano izquierda se extendieron para apretar los labios de María Rosa, dictándole silencio. “Shhh…” tornó a susurrar, mientras con el filo de su cuchillo de monte repetía el peregrinaje que primero hicieran sus labios por la piel de ella. Con lentitud, deslizando sin herir el cuerpo delicado, hizo saltar de a una las abotonaduras de la blusa de lino, hasta desnudar el pecho por completo. Con un movimiento preciso, dividió el sostén de encaje, que se abrió, liberando los senos turgentes y sedosos.

Se dedicó a explorar las sensaciones jugando con la hoja del cuchillo sobre el pecho desnudo e indefenso, sobre la garganta sin voz y sobre los labios entreabiertos. Por momentos, la presión del roce aumentaba, imaginando María Rosa que minúsculos y dolorosos tajos se abrían de a uno a lo largo de su piel. El miedo se confundía dentro del juego amoroso, como un exótico condimento modifica el sabor común de una comida.

Él, con el filo acerado, le cortó por orden polleras y enaguas, hasta que todas las telas cayeron sobre el suelo, dejándola desnuda y a merced de los ojos entornados.
El cuchillo se deslizó con suavidad entre las piernas de ella, recorriéndole el pubis, los muslos, la cadera y el sexo, varias veces.

María Rosa exhaló apenas un estertor, cuando junto a su boca, con un golpe preciso y milimétrico, el cuchillo se enterró en la madera de la columna y quedó vibrando, mientras el cuerpo del Irala se apretaba completo contra el suyo. El terror la paralizó varios segundos, mientras él la mordía hasta marcarle la piel y la besaba con tanta violencia que las huellas de esos besos le quedaron como medallones morados por todo el cuerpo durante varios días.
—Puedo oler tu miedo… Me excita el olor de tu miedo… —le susurró él, junto a la oreja, lamiéndole los labios que mordiera. La besó en la boca, intensamente, pegado contra ella con un vaivén de ola, mientras se deshacía de la sucia camisa de mezclilla y la piel caliente de su pecho invadía el tembloroso pecho de ella.
—Te deseo tanto… —le confesó María Rosa, devolviéndole la pasión de sus labios. Encendida y ansiosa, le permitía invadirla tenazmente, acorralándola en sus límites sin cruzar la línea de fuego, como si todo fuera un perverso juego de dominio.
—Te deseo… —le repitió— Desde el primer momento en que té vi te estoy deseando. Quiero que seas mío.- y repitió con mucho más apasionamiento —¿Entiendes? … me gustas, te deseo, quiero que seas mío…

Los ojos negros atenuaron bajo las pestañas el feroz relampagueo y los labios distendieron imperceptiblemente una sonrisa burlona y maliciosa.
Con un movimiento ágil, las manos rudas giraron a María Rosa, apretándole el rostro contra la columna de madera, mientras el pecho de él se pegaba a todo lo largo de su espalda.
—Puedo darte lo que tú quieras —le susurró ella, todavía.
—Shhh…
Él la llamó a silencio y se apartó un momento del contacto. Enseguida, ella sintió otra vez sus manos. La izquierda se le apoyó en la boca, sellándosela casi hasta la asfixia.

María Rosa se estremeció, mientras los dedos exploraban entre sus piernas y deslizaban suavemente el líquido ambarino del bocado de miel entre sus nalgas desnudas. El dolor la paralizó al principio. Empezó a forcejear, desesperada, chillando como loca, pero él la sostuvo con firmeza. La mano encima de su boca le ahogaba los gritos, y volvía aún más ofensiva la forzada penetración. Impotente y gimiendo, acabó de luchar con los ojos llenos de lágrimas rabiosas, hasta que la sodomia fue consumada.
Como la vez anterior, él se apartó en silencio. En el mismo silencio desclavó el cuchillo de la columna y cortó en dos el pañuelo.
María Rosa resbaló, sollozando sobre el suelo, humillada y herida, envuelta en el mar de sus cabellos.
—No necesito que me des nada dueña. Lo que quiera, lo tomo… —le aclaró él, guardándose el cuchillo en la cintura.

Los ojos de María Rosa lo miraron.
Él le arrojó su propia camisa para que se cubriera las desnudeces.
—¿Cómo les vas a meter miedo a tus sirvientas si te ven así? La doña en cueros y chorreando mocos… —le observó, burlón y le tendió la mano para ponerla otra vez sobre sus pies— Vístete, niña… Deja de dar lástima porque de eso yo no tengo.
María Rosa se metió en la camisa. Olía caliente a cuerpo de varón y hierba, con ese lejano dejo de limón que ella siempre percibía cuando estaban cerca.
—Eres un animal —protestó, cuando acabó con la abotonadura, fijos sus ojos en el torso de él, donde bajo la piel de un moreno dulce, los músculos se dibujaban claramente.
Le estudió el pecho, fornido y amplio y los brazos, acostumbrados a las faenas duras.
No era lo que puede decirse un hombre guapo, pero emanaba de él como un embrujo, la extraordinaria sensualidad de los grandes gatos y así de armónico y equilibrado era su cuerpo fuerte y de plásticos y exactos sus movimientos.
Enseguida volvió a latirle la bragada.

Irala estaba entretenido otra vez en otra cosa.
Estudiaba su entorno, como si fuera a delimitar el territorio que acababa de conquistar.
Tenía manos sensibles, que rozaban las cosas como si necesitara del tacto para reconocerlas. No solo las tocaba, también las acercaba a su nariz para olfatearlas.
María Rosa lo observó un buen rato, hasta que él le devolvió sus ojos insolentes.
—¿De verdad puedes darme lo que quiera? —le preguntó, sonriendo como un niño al que ha conquistado una golosina.
María Rosa se había sentado en uno de los sillones, con las desnudas piernas recogidas y abrazándose las rodillas.
“Se amansa” pensó, satisfecha de haber superado con éxito la traumática experiencia amorosa y poder recomenzar la relación en buenos términos.
—¿Qué quieres? —preguntó, llevándose un mechón del cabello a los labios.
—Que me devuelvas mi camisa porque tengo otras cosas que hacer.

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