En otra piel

María José Quesada – España

Young soldier in Madrid 1936 by Robert Capa


Marco Alejandro Tomás Rodriguez Alvarez, mucho nombre me puso mi madre. No debió tener las ideas claras la buena mujer, porque, irónicamente, nunca tuve padre conocido.


He pensado muchas veces que, entre tanto nombre, uno de ellos es el de mi padre porque esa cantidad no se debe a capricho sino a duda. Por lo que me contó mi abuela, y no en una única conversación aclaratoria sino a lo largo del tiempo y a cuentagotas, mi madre abandonó el hogar familiar en cuanto cumplió la mayoría de edad. La actitud de mi abuelo fue el detonante para que tomara esa decisión. El hogar, para ella, era un mundo adverso donde reinaba un dragón de siete cabezas, su padre. Para mi abuela, en cambio, él no era más que un pobre borracho al que todo se le perdonaba. Así que cuando pudo ser libre, según su documento nacional de identidad, se echó a la vida por el camino más fácil, o más difícil. Nunca estuve en su piel pero fui la huella de su oficio.


Cuando nací me entregó a mi abuela y a escondidas de mi abuelo la ayudó, en la medida de sus posibilidades, en mi manutención pero nunca quiso verme. Fue lo mejor para los dos.


Me criaron, pues, entre mi abuela y mi tía Ernestina que no estaba muy en sus cabales.


La tía Ernestina era una persona especial que desentonaba con el austero ambiente de la casa. Le gustaba mucho cantar ópera y cuando lo hacía la casa se encendía, se convertía en el Teatro Real. Los cristales vibraban, creo que de pura emoción. Yo la observaba ensimismado porque cuando entraba en ese estado de trance se le iluminaba el rostro de tal manera que si existe la felicidad era toda ella. Luego, llegaba esa etapa en que algo parecía que se la llevaba y la devolvía cambiada, llena de impulsos suicidas. Tres veces se arrojó al pozo que había en el patio de la casa, en dos de aquellas ocasiones la rescataron ilesa, la tercera, el pozo no nos la devolvió viva. Mi abuela mandó que lo sellaran a cal y canto demasiado tarde.



Recuerdo lo sumamente religiosa que era mi abuela, tanto, que con siete años me hizo monaguillo de Don Tadeo. En aquella edad yo andaba mudando los dientes.


La sensación que tuve al entrar por primera vez en la sacristía y presentarme ante él fue sentirme pequeño. Los muebles que vestían aquel despacho eran grandes y de oscura madera labrada, las tablas del suelo lamentaban cada pisada. Olía a miedo.


Con el tiempo me acostumbré a aquellas dimensiones y su grandeza ya no me pareció tal. Algunas veces y aprovechando la ausencia de Don Tadeo, escarbaba en sus cajones y en el armario donde guardaba las túnicas y ornamentos sagrados. En una ocasión me pilló en medio de la investigación y me retorció tanto la oreja que dudé que siguiera en su sitio. Sus dedos huesudos parecían sarmientos mas su corazón, lo supe más tarde, estaba hecho de buen trigo. Lo que para mí nunca cambió fue como percibía el murmullo de las voces, casi todas de mujer, cuando rezaban el rosario. Aquél sonido a media voz que reverberaba en la nave de la iglesia se me antojaba un zumbido de abejas.


Todas las oraciones que aprendí en latín lo hice de la misma manera que las tablas de multiplicar, cantándolas. Así mismo, el párroco me hizo partícipe del coro dominical compuesto por cuatro chavales pero desafinaba tanto que, cuando continuaba con el misal después de nuestra interpretación, lo hacía increpado y mirándome de reojo. Un día decidió sacarme de allí so pena de hundir aquellas voces blancas.

Sentí alivio.


Es curioso cómo después de tantos años soy capaz de memorizar esos pequeños detalles y sin embargo no lo qué comí ayer.


El día menos pensado ésto se va al garete, sentenció mi abuelo una de las últimas noches que compartimos cena. Estábamos en la segunda república. Unos meses antes, el 16 de febrero del año 1936 hubo elecciones, después, un maremágnum de atentados y represalias.
Las noticias de cómo el país se revolvía en todos su flancos, el militar, eclesiástico, obrero, intelectual, llegaban a través del boca a boca y la radio. El miedo sacudió el alma de mi abuela; dijo que quería que volviese a ser pequeño porque en mis dieciocho años sólo veía carne de cañón.


Yo no entendí sus palabras hasta que me llamaron a filas.
Estaba, como todos los demás, amenazado, puesto que para aquel ideario, si no era conmigo era contra mí; no había alternativa ni condiciones y yo no estaba posicionado en ninguno de los dos bandos.

Me vi reflejado en ese niño del que tiran dos madres y que son llevadas a juicio ante el Rey Salomón para descubrir la verdadera. Sólo que yo sabía que no le pertenecía a ninguna, sin embargo, hubo algo que hizo que se inclinara mi balanza hacia un lado, Don Tadeo. Supe que el bando Republicano se estaba levantando ferozmente contra la iglesia y que andaban saqueando templos y prendiéndoles fuego. Yo tenía que defender algo, puesto que, obligado a luchar, tenía claro que mi posición sería de defensa. Ahora era yo quién iba a sacar a aquel viejo cura del coro en el que los demás desafinaban. Como no podía despedirme de él con falsedad ni dándole la extrema unción opté por el Nacional.


Es mi verdad.


El día que vinieron a reclutarme me despedí de mi abuela como un hombre. No lloré. Ella se derramó en lagrimas como una niña.


Lo que más me dolió fue no poder regresar a consolar su llanto.

Aquella es mi peor remembranza. Nunca más volví a verla.


Por parte de mi abuelo recibí el único beso que me dio en toda su vida y en ese signo de aprecio sentí un atisbo de cariño. Pensé que tal vez mi madre estaba equivocada.


El furgón que me condujo al cuartel, junto a los otros muchachos, atravesó la calle de Tudescos, reina de las mancebías. Allí fue donde nos encontramos con una decena de furcias que salieron a despedirnos. De entre todas ellas imaginé que la más guapa era mi madre.


Dios estaba dormido.

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