El músico más grande de la historia

Por Gerardo Campani



A poco el escuchador va adentrándose en el conocimiento de la Gran Música descubre tres nombres (Bach, Mozart y Beethoven) y el desmesurado relieve que sus músicas dibujan en el más amplio dibujo de la historia de la música.
Si recortamos los bordes un tanto deshilachados de ese dibujo amplio nos quedamos con una figura más nítida que nos muestra la música académica europea de entre mediados del siglo XVII y mediados del XX.
Antes y después de esas fechas, más que autores se privilegian estilos, escuelas, lenguajes y modas, y las voces personales de Monteverdi o de Bernard Hermann, verbigracia, no llegan a expresar tanto los matices de una personalidad como los del tiempo al que pertenecen.


El más grande de todos: Bach

Es notable la poca o ninguna trascendencia que tuvo en vida (fue en cambio respetado como instrumentista y como padre de sus dos hijos famosos: Carl Philip Emmanuel y Johann Christian) y la definitiva que logró póstumamente. Mozart y Beethoven lo estudiaron, y sus músicas ganaron a partir de esos estudios en profundidad y en matices. El gran público conoció a Bach un siglo después, gracias a los oficios de Mendelssohn.

Su música es atemporal, es decir, eterna. En su tiempo sonaba algo anticuada porque el gusto de la época se encandiló entre el barroco primero y el rococó después. Luego, y hasta nuestros días, suena de vanguardia, y es el elemento que usaron el jazz y el tango para renovarse a sí mismos.
También es muy difícil percibir el tiempo terrenal dentro de su propia obra. Entre sus primeras composiciones y las últimas no se evidencia evolución ni tampoco declinación: es como si hubiese empezado a componer un día ya sabiéndolo todo, y hasta el final.

Cuando se habla de “inspiración” no se piensa nunca en Bach, excepto se admita que alguien pueda vivir inspirado todo el tiempo. Lo inspiraban todas y cada una de las fechas de la liturgia; el cotidiano placer sexual y la abstinencia; el teclado y los pedales del órgano y los pentagramas en blanco; los deberes que inventaba para sus hijos y sus alumnos; los timbres de los instrumentos y de la voz humana; la paz de los pueblos y el ajetreo de las ciudades.

Bach no fue un revolucionario porque las revoluciones, aun las del arte, son pasajeras. Fue un burgués, un empleado del gobierno y amante esposo y padre y ejemplar vecino. Es decir, acató sus mandatos personales, y al mismo tiempo brindó al mundo el más impresionante legado musical del que se tenga noticia.


El más grande de todos: Mozart

El período clásico, contrariamente a lo que sugiere su nombre, fue el más breve en años. Antes de 1770 era más que nada una “nueva ola”, una moda algo populachera basada en melodías fáciles y armonías elementales; después de 1810, un fastidio repetitivo al que Beethoven puso fin y los románticos dieron el tiro de gracia. El clasicismo musical, sin embargo, fijó normas para siempre, como la consolidación de la forma sonata, la sinfonía y el cuarteto de arcos. Pero fuera de unos pocos nombres propios (Cimarosa, Haydn, Cherubini) poca importancia tendría este período de no haber sido que esos breves años prohijaron al más grande de todos los tiempos: Johann Chrisostomus Wolfgang Amadeus Mozart: Amadée, como él mismo solía firmar.
Que haya sido un niño prodigio es lo de menos. Cierto es que a los siete años componía impecablemente en el clave; que a los diez escribía para la orquesta y que a los doce hasta una ópera. Y que a los catorce transcribió sin errores el Miserere de Allegri, de memoria y habiéndolo escuchado una sola vez. Tampoco es muy relevante que, siendo tecladista, haya estrenado sus conciertos para violín como solista. Ni que experimentara con cada novedad de la época, como la efímera armónica de agua. Esos prodigios distraen más que revelan su genio único. Un genio niño (y no un niño genio) el del Galimathias Musicum y el de las sonatas para flauta; un genio joven el de toda su producción parisina; un genio maduro el de sus últimas óperas y conciertos para piano.
Pero ¿qué es el genio? ¿Por qué su música es diferente a la de sus contemporáneos? Técnicamente, podrá decirse que por tal o cual cuestión, pero esas son consideraciones a posteriori. No hay nada demasiado raro en las partituras, nada que indique que debieran sonar a algo muy diferente al esforzado Haydn o al amable Cimarosa. Sin embargo, escuchamos a Mozart y lloramos y reímos y nos estremecemos y lo sentimos cerca como a ningún otro.
Yo me confieso mozartiano, porque entiendo que Bach fue un instrumento perfecto, y Beethoven un superhombre; Mozart, el único, fue un hombre al que es imposible no sentirlo como uno, y asimismo fue y seguirá siendo el amado de Dios.


El más grande de todos: Beethoven

Condenado de nacimiento (genética y familiarmente), Beethoven convirtió sus desgracias en logros sobrenaturales. Sus dedos toscos y cortos no le impidieron ser el mejor pianista de su tiempo. Su progresiva sordera fue a la vez una progresiva transformación de la música universal. En un momento sintió que no podía seguir luchando, consideró el suicidio, y al fin decidió agarrar al destino por la garganta.
Napoleón no llegó a transformar el mundo, pero Beethoven significó un antes y un después en la música.
Hay un primer Beethoven, joven, tributario de Haydn aunque harto más personal. Otro segundo, maduro (el más conocido, el de la Appassionata y la Pastoral) que inventó una manera diferente de concebir la composición. Y un tercero, más allá de su tiempo y que incluyó y superó a los románticos que vinieron después. No me desmienten los últimos cuartetos de arcos, incomparables incluso recién hasta Bartok, o el primer movimiento de la novena sinfonía, acaso hasta Mahler o Bruckner.
Romain Rolland afirma que la sordera fue condición sine qua non de ese milagro. Dice que el aislamiento del mundo sonoro real lo llevó a inventar sonidos nuevos. Algo de cierto habrá en esa hipótesis, aunque no explica todo. No explica, por ejemplo, que medio sordo haya compuesto la sonorísima sonata Waldstein y sordo del todo la delicada sonata Op. 101.
Siempre fue consciente de su genio. Expresó como ninguno los vaivenes del espíritu humano y arrastró con prepotencia a todo el mundo, que se puso a sus pies. Fue tan grande que nadie no pudo no verlo.
Su féretro fue transportado en medio del luto del pueblo. Entre los que lo llevaban estaba Schubert, con lágrimas en los ojos.


Todas las artes son un misterio, más allá de las técnicas que las sustentan. La música, la más misteriosa, porque no dice nada, no refiere nada, y al mismo tiempo dice y refiere todo.
¿Y cuál es la razón por la que ese fenómeno, esa máxima cota del arte musical haya sucedido en un espacio tan reducido del planeta y en tan pocos años? Entre el nacimiento de Bach (1685) y la muerte de Beethoven (1827) fueron, apenas, menos de un siglo y medio, y la geografía unos pocos miles de kilómetros cuadrados en un sector pequeño de Europa. ¿Qué determinó que así sucediera? La tradición y el prestigio venían de Italia; la meca era París; los pianos provenían de Inglaterra. Y la trinidad surgió de tres pequeñas ciudades de habla alemana: Eisenach, Salzburg y Bonn.



Breve discografía

Treinta obras seleccionadas con el objeto de presentar el tratamiento de diferentes formas musicales y las sucesivas etapas de cada uno. He evitado las obras demasiado famosas (Tocata y fuga; Pequeña música nocturna; Quinta sinfonía) o muy extensas (La Pasión según San Mateo; Don Giovanni; Novena sinfonía), por conveniencia divulgativa. Amén de ello, las treinta me resultan especialmente entrañables.

Bach
+ Passacaglia y fuga en Do Menor (órgano solo)
+ Suite para Cello solo nº 3
+ Sonata para laúd solo
+ Sonata para Violín y Clave nº 1
+ La ofrenda musical (Clave y orquesta de cámara)
+ Concierto para Violín nº 1
+ Concierto brandenburgués nº 3
+ Magnificat en Re (Solistas, coro y orquesta)
+ Cantata nº 78 (Solistas, órgano, coro y orquesta)
+ Cantata del café (Solistas, coro y orquesta)

Mozart
+ Sonata para Piano nº 8 en La Menor -K 310-
+ Fantasía para Órgano nº 2 en Fa Menor -K 608-
+ Cuarteto para Piano y Arcos nº 2 en Mi bemol -K 493-
+ Quinteto para Piano y Vientos en Mi bemol -K 452-
+ Concierto para Flauta y Arpa en Do -K 299-
+ Concierto para Piano nº 24 en Do Menor -K 491-
+ Concierto para Violín nº 4 en Re -K 218-
+ Sinfonía nº 39 en Mi bemol -K 543-
+ Pequeña cantata alemana (lied) -K 619-
+ Gran Misa en Do Menor (inconclusa) -K 427-

Beethoven
+ Sonata para Piano nº 26 en Mi bemol “Los adioses” Op. 81a
+ Sonata para Piano nº 28 en La -Op. 101-
+ Sonata para Violín y Piano nº 4 en La -Op. 23-
+ Sonata para Cello y Piano nº 3 en La -Op. 69-
+ Cuarteto para Arcos nº 7 en Fa -Op. 59 nº 1-
+ Cuarteto para Arcos nº 12 en Mi bemol -Op. 127-
+ Concierto Para Piano nº 5 en Mi bemol “Emperador” -Op. 73-
+ Obertura Egmont -Op. 84-
+ Fantasía para Piano, Coro y Orquesta -Op. 80-
+ Cantata Mar calmo y próspero viaje -Op. 112-

* Y como digresión final:

Si yo hubiese sido mujer me habría gustado tener tres hombres en mi vida.

Bach habría sido mi amigo del alma (con derecho a roce, como se dice), para acudir a él en busca de paz y de equilibrio.
Beethoven, mi amante en ocasiones de necesidades volcánicas. Reponerme de esas quemaduras haría de él un amante discontinuo.
Y Mozart, mi marido, el de todos los días. Algo amigo, algo amante, pero el que necesito continuamente porque nunca me aburre, nunca me quema, y fundamentalmente porque lo amo como a nadie. Y es que Bach le habla a Dios; Beethoven a la Humanidad… ¡pero Mozart me habla a mí!

Como soy varón, mi fantasía abandona los lechos y se traslada a un café. En mi mesa están ellos tres, y también Tchaicovski, Mendelssohn y Schubert. Y cada tanto vienen Dvorak, Franck, Saint Saëns, Puccini, Prokoffiev, y tantos otros.

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