Corre, Smarc, corre

Silvio Rodríguez Carrillo – Paraguay

Eléche estaba en su fase semi agresiva que le venía quién sabe de dónde, que le ponía fuera de juego y lo volvía completamente insoportable. Más grave la cosa porque era la kermés del María Auxiliadora, y ahí sólo iban minas bien, conchetas, bien habladas, pulcras las ellas. Igual los chicos que iban eran todos nenes de familia, o sea, todos clase media para arriba. Más grave porque ese grupo de gente así, normal, bien comida y bien vestida es la que no sabe tratar a dementes como Eléche cuando están en fase. Y Eléche, cuando no lo saben tratar, empeora.

Los otros no asistieron, por un quilombo en el que se habían metido en un fallido intento de gorrearle a un viejo trolo, por lo que sólo estábamos Eléche y yo. No duró nada la joda, no hacía ni media hora que había llegado cuando el tarado este ya se estaba desafiando con unos gallitos completamente desconocidos. Obviamente pensé en dejarlo a su suerte, a ver si lo fajaban bien de una vez y en una de esas aprendía algo, pero no, que no pude, los códigos del barrio y la placita hacían imposible que no me meta en el quilombo.

Como entré en el lío, Eléche se alzó más, el muy hijo de puta, pecheándole a uno de los gallitos, como si él fuese el gran boxeador de la cuadra. La joda es que mi muy querido Eléche en moquete no le ganó nunca ni a su almohada, entonces y ahí, con cinco tíos con justificadas ganas de reventarle la crisma la cosa se puso cuesta arriba. Éramos dos, y los otros empezaban a hacerse multitud, que ya estábamos en medio de un círculo y yo como boludo ahí que “Pará Eléche. Cortemos muchachos, no pasa nada.”, así, conciliador, mariquita.

Quizá todo se iba a diluir, finalmente, que nadie en una kermés quiere pelearse, y menos todavía si nadie está totalmente en pedo. Pero uno de los gallitos me pecheó a mí, y bueno, eso no corre conmigo. Ya tenía carpeteada una botella de coca cola ahí del suelo, que agarré, rompí, y me fui encima del cuate con la parte rota apretándole la garganta. ¡Eléche, desaparecé, ahora carajo! Hay tonos, verás, que uno entiende porque contienen vibraciones indiscutibles, seguro. No pasaron dos segundos, o tres, cuando Eléche, efectivamente desapareció. Quedé solaris, con los nenes bien entre cagados y con ganas de “nuevas aventuras”.

Miré hacia la entrada del colegio, ingresaba la cana, “la policía científica”. Esto va a terminar mal, supe. Solté la botella y girando sobre mis talones salí disparado por donde no se esperaron los gallitos. De ahí a ganar la calle la cosa fue entre caminar rápido, casi casi trotar, y hacerse el boludo al cruzarme con los polis. Cuando estuve en la vereda, conteniéndome apenas, caminé hasta la esquina, hasta el semáforo. Escuché “Allá, en el semáforo”. Ah, los machitos. Tenía unas doce o quince cuadras hasta la placita. Sonreí. A ver si me alcanzan estos putitos, pensé.

Comencé a correr, sin acelerar demasiado. Tampoco los quería perder, no, claro que no. Los fui midiendo en la carrera, cosa de mantenerles las ganas de cazar a la presa. Eran como diez los cazadores. Siendo honestamente positivo podría con dos, quizá con tres de ellos, hasta ahí. Pero los nenes bien, asustados, suelen ser sucios. Corrí, corrí, corrí hasta llegar a la placita, hasta llegar al centro de la placita, donde estaban todos los jaguaretés, como siempre, entre las sombras. Los gallitos también llegaron, los gallitos que a los jaguaretés sólo conocían a nivel de “leyenda urbana”, por crónicas policiales.

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