Análisis del relato – Situación del lector

Por Gavrí Akhenazi

Suele considerarse que para enfrentar la lectura de una obra, cualquiera sea esta, existen o deberían ser tomadas en cuenta, cinco perspectivas básicas que se consideran generales (o generalidades, depende de quién sea el autor de la propuesta lectora):

a) autor

b) sociedad

c) otras disciplinas

d) formulación y estructura

e) subjetivismo

a) Muchas veces, el nombre del autor trasciende a la calidad del texto en sí. Se busca la lectura por lo que el autor ha cosechado como rédito entre la crítica y se olvida la parte sustancial de toda satisfacción: lo que el texto dice. Así, los lectores buscan muchas veces a un autor por «lo que se dice de él» cuando debería ser buscado por «lo que él dice».

Todo autor ha recibido influencias. Un autor real, fidedigno, es producto del trabajo que ha conseguido hacer sobre las influencias que ha recibido, de igual manera a como un ser humano termina siendo lo que ha conseguido hacer con sus circunstancias.

Las influencias, sin embargo, pueden verse reflejadas o pueden pasar inadvertidas, ya que son múltiples e inciden sobre la formación del autor de maneras muy diversas.

Cuando un autor define su estética, sin duda ha probado muchas por el camino, porque el camino empieza admirando a otro autor, intentando dilucidar los motivos de su vibra creadora, estudiando sus modos e imitándolos lo más certeramente posible.

El hecho imitativo es la base primaria de la escritura. Todos, absolutamente todos los autores, empezamos la andadura absorbidos por «ese» que nos ha marcado su impronta, «ese» con el que hemos comulgado porque nos ha representado, conmovido, deslumbrado o desafiado.

El asunto es romper la hechicería, la abducción o sea, evitar que las influencias –que como digo, siempre existen– aparezcan como tales en un texto.

Cuando la lectura descubre las influencias y el lector lee y las determina o le parece haber leído varias veces en otros autores lo que está leyendo en ese, malo.

El lector, sobre todo el lector crítico, sin embargo, debe saber diferenciar aquello que un autor es capaz de hacer con la transtextualidad de textos precedentes (sus influencias) para transformarlas en una voz personal, que se separe de las otras y no que se amalgame «porque eso causa efecto».

Asimismo, para la real ponderación de un autor, es necesario más de un libro, ya que no todos los libros resultan afortunados, ni siquiera en los autores que ya se han sentado sobre los laureles de su gloria.

b) Aunque el lector se halle en presencia de una obra fantástica, una distopía, un cuento maravilloso o un relato del diario vivir, la impronta del ámbito donde se desarrolló el autor de la misma, siempre estará vigente en el espacio narrativo. Por eso, es interesante no perder de vista el trabajo que el autor es capaz de lograr dentro de los parámetros de la sociedad en la cual se desenvuelve su momento autoral. No podemos hablar de un autor separándolo de la sociedad dentro de la que ha actuado, porque todas las obras son un resultado de múltiples experiencias internas y externas. Si bien en las internas podemos hablar de un inconsciente sentir colectivo de acuerdo a la especie de pertenencia, las externas trabajan sobre las primeras en el modo de procesarlas, así que la misma situación no desarrollará el mismo cariz en un escritor occidental que en un escritor oriental, aunque la base interna sea exactamente el mismo sentimiento (por poner un ejemplo: el amor).

La sociedad desde la que parten el lector y el escritor pueden no ser compatibles culturalmente, como tampoco pueden serlo los momentos históricos o la aplicación a la literatura de los componentes del poder. Por ejemplo, en la literatura medieval, con tan fuerte injerencia de la iglesia en cuanto acto humano se desarrollara sobre la tierra, todas y cada una de las propuestas estaban destinadas a «moralizar» o «aleccionar» en un solo sentido, adecuado a conservar el poder omnímodo del clero por encima de cualquier otra diferencia de pensamiento.

Sin irnos tan lejos, tantísimas obras han sido prohibidas por cuestionar o disentir con la sociedad en la que el escritor que las produce ha nacido.

Por eso, resulta imprescindible, durante el trabajo de análisis, ubicar a nuestro lector en el ámbito real del autor y tratar de comprender qué ha hecho ese autor con su contexto histórico social y de qué modo trabaja eso dentro de su obra.

c) Muchos lectores se posicionan, al leer, en teorías que son externas a las literarias propiamente dichas y tratan de llevar el texto por derroteros interpretativos que tengan más que ver con sus conocimientos (filosóficos, psicológicos), que con la esencialmente literario que tienen delante.

Las lecturas que buscan enfoques psicoanalíticos, antropológicos, filosóficos, y que intentan, además, desentrañar en base a estos enfoques, una serie de metamensajes que el autor siquiera ha contemplado que existan, han nutrido a muchos supraexégetas del texto ajeno, llevándolos casi a un delirio hermenéutico que superpone sus propias perspectivas a las reales que un texto contiene.

Las teorías interpretativas externas deben, en primer lugar, ser pertinentes. Por lo tanto, despojarse de ajenidades y centrarse en los parámetros reales del texto, es lo que condiciona una mejor interpretación de lo leído. Buscar, dentro del texto, los elementos que –siempre desde lo literario– conformen la estructura, antes de lanzarse a divagaciones que se alejen de lo que el autor expone con herramientas narrativas, porque no se trata de leer como queramos, adosando a la obra elementos extratextuales que la obra no tiene, siempre redundará en una lectura provechosa.

 d) Una obra literaria es, primordialmente, un hecho lingüístico. Su materia prima es el lenguaje y su articulación como sucesión de signos verbales.

Un lector necesita comprenderla desde su estructura y desentrañar la función de cada elemento constitutivo. Es necesario que consiga centrarse en los porqués de la forma narrativa que tiene delante, cualquiera sea esta, para comprender la articulación general que el autor plantea en el corpus.

Tanto los formalistas como los estructuralistas proponen analizar el hecho literario solamente a partir de sus aspectos formales, pero si el lector analítico se mantiene únicamente en ese nivel, siempre hará una lectura parcial y acotada. Lo mismo sucede si el lector se limita a cualquiera de los parámetros que cité anteriormente.

 El arte es un producto cultural y la literatura es un arte. La construcción de arte es variada e ilimitada aunque siempre necesita una reinterpretación por parte del receptor del hecho estético.

En este caso, el lector analítico, debe apartarse de los parámetros subjetivos e intentar adentrarse en la objetividad fundamentada, aunque, por tratarse de arte, toda objetividad resultará en el fondo, subjetiva.

El análisis lector, más allá de lo inevitable que es esgrimir el gusto propio por tal o cual temática, estética o género, debe ser capaz de vencer esa limitación que ejerce lo personal, para ahondar en los resortes del emisor (autor, narrador) e intentar la visión de la obra como concepción y no como percepción.

Requiere un largo y arduo ejercicio la reinterpretación de lo leído desde lo leído. El lector analítico debe intentar, antes que nada, la ecuanimidad frente a la obra, ya que esa ecuanimidad es la que permitirá una cercanía con la exactitud.

e) Este es el punto álgido, como ya referí en el apartado anterior.

Un lector también es producto de las mismas condiciones que rigen para un autor: influencias anteriores, sociedad donde se ha formado, elecciones personales, criterios culturales, conocimientos adquiridos, procesamiento de lo estético. O sea, un lector que enfrenta a un texto producto, también es un producto que enfrenta a un texto.

Si logra superar los escollos programáticos de su mente, ampliará su perspectiva, crecerá su criterio y probablemente consiga disfrutar de muchas más obras desde cuya lectura, seguramente, saldrá mucho más enriquecido y fortalecido, incluso, para entender el hecho cotidiano de vivir.

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