Pececito islero, Por Eva Lucía Armas & John Madison

Hay amores

Mi amor se había puesto esclerótico
y era un jubilado que planeaba poemas
en la franela de lustrar los muebles.

Los escribía con el polvo de los días inútiles.

Después
los guardaba en el armario con la escoba de barrer cenizas
y con la radio vieja que había olvidado la onda corta.

Era un amor lejano a la comunicación en gigabaits,
un amor de esos que llegan en las cartas no llamadas e-mail
y que, a falta de buzones que no fueran
hot, gi, yahoo
no encontraba donde depositar su único sobre.

Era un amor en sobre,
ensobrado después de perfurmarse,
recoleto y modernista como el cisne de Ruben Darío,
a su vez, antiguo como pocos,
y caído en desgracia sanitaria.

Un amor en medio de un alzheimer
que sacaba al amor de su galera y corría con él
por los pasillos de los hospitales
que el mar fue devorando pez tras pez.

No se rindió a desalinearse con el mundo
por propia vocación de desaliño.

Era un amor esdrújulo con una lengua renga
que sabía besar.

Hablaba con el fondo de los ojos.

Eva Lucía Armas

Tú me pides que baje
a rescatar el cofre del mil
agro,
ese cofre que yo enterré una noche
atado de las piernas,
de la boca
por Capone por ruin, por descarado
.

Y yo iría,
te lo juro, cariño, que yo iría,
pero estoy confinado en el Valhalla,
en el cuarto de Hela.
Me tomó como bardo y de rodillas
le canto cada noche mis historias.

Son todas de terror:

Mis reproches a dios por no tenerte,
mis ataques mal curados de libido
y estas ganas que tengo de probar tu comida,
y de leer novelas tumbados en la cama.
Esta obsesión de reinventar contigo los domingos,
de clausurar tu cuarto con nosotros muy dentro…

Y mis ojos supuran
esa lluvia tan ácida de Benjamín famélico
que quema mi paciencia y mis pestañas.
Si me vieras, cariño, pierdo toda mi hombría.

Hela cree que es teatro.

Hela me grita: “bravo” y yo lloro y declamo.
Con la labia que gasto,
seguro que te olvida
.

Hace dos noches a Hela volvió a entrarle la perra
por salir a buscarte,
tú eres mejor cuentera
.

Tranquila, pececito, le he ofrecido mi sangre,
hasta la ultima gota,
a esa malvada pécora.

John Madison

Nosotros
los bailarines

que cambiamos la música del viento,
que lijamos la luna en el asfalto,
que intercambiamos con el sol los puentes,
que retamos a duelo los grand jeté del aire
y que nos suspendemos de las brújulas

tenemos en el alma huesecillos de pájaro,
frágiles como flautas de caña cristalina
que hace vibrar la luz.

No puede secuestrar nadie tu mundo
hecho para el espacio con un arco de ala,
que invoca un abanico de mareas.

Intenso y amarillo como un alud de cúrcuma
se derrama tu vértigo sobre un cristal

y canta
como un amor que canta
mientras baila el silencio de un nocturno.

Yo te contemplo absorta como una nena absorta
que recién se postula para aprender ballet.

Quiero ser como vos, ángel del grito,
la libertad que danza.

Eva Lucía Armas

Me acosté tarde anoche, cascabelito mío.

Me hacía usted el amor en la distancia
así, a lo bestia,
con la sola virtud de su palabra.
Mi teléfono y yo
aún estamos mudos.

Según su voz,
no puede secuestrar nadie mi mundo
hecho para el espacio con un arco de ala:
Usted me tiene en dos palabras: loco,
arrebatao’.

Y no voy a explicarle, exactamente,
como es que usted me tiene:
Como un puto león de circo amaestrado,
comiendo de su mano.

Dígame usted la fórmula. En mi próxima guerra
pienso ponerla en práctica con la tropa enemiga.

Dígame usted
para que sirve, amor, la poesía
si no es para quererla,
para perder, queriendo, los papeles
por su falda.

A mí se me perdió por su querer
toda la estantería,
y si me pongo fino
la biblioteca entera.

(Síndrome de Alejandría)

John Madison

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