Silvana Pressacco – Argentina

Polvo de yeso

Fue oportuno estar ahí en el momento justo en el que la estatua se trituró contra el piso a raíz del empuje  que le dio tu soberbia. Pude ser testigo de cómo se elevaba por el aire el polvo del yeso mientras moría definitivamente  el brillo de tu imagen.

Nunca lograste conocerme —o tal vez  nunca pudiste—  porque caminabas frente a espejos recitando de memoria tu nombre. Te nutrías  tan solo con los logros de tu propio huerto mientras  una ciega con las rodillas lastimadas lo  abonaba en los climas inadecuados.

Ahora es inútil  que hables de regreso porque me llevó mucho tiempo limpiar la basura. Además debo confesarte que ya  no tengo altares, ni siquiera religión.

Sinceramente —para qué mentir— no me seduce un dios craquelado. ◣

Recuerdos de un inmigrante

companerismo

No podía saber cuántos momentos había borrado de su memoria con los años, pero el primer día en Argentina seguía intacto y lo revivía como si fuese esa misma tarde. Volvía a ser un niño en las calles grises del puerto, sintiendo cosquillas de incertidumbre y un miedo indescriptible comiendo su hambre mientras se sujetaba a la mano callosa de su papá como lo único seguro.

Dos días después de haberlo desembarcado el bergantín había vuelto a partir, y aún maldecía no haber seguido el impulso de subirse de nuevo olvidando lo que se esperaba de él. Comprendería después que por su cobardía había perdido la única oportunidad de volver a los brazos de su madre. Desde entonces, ningún barco se la trajo y ninguno lo regresó. El sueño de volver a Italia moriría con él, enterrado bajo una tierra que lo había cobijado pero en la que siempre se sintió un intruso. Una tierra en donde conoció temprano el abandono, la pobreza y el sacrificio.

Aún le dolía la mano gruesa y firme de su padre posada en el hombro, la presión del moño que acomodó en su cuello y la caricia fría sobre el flequillo para despejar los ojos que vencían a las lágrimas. Él tenía tan solo 8 años cuando lo vio partir dejándole un montón de mentiras como única esperanza, un patrón severo, una cama dura y por techo  un galpón que competía en crueldad con las temperaturas exteriores.

El recuerdo venía acompañado siempre de los mismos dolores que validaban sus convicciones, no era bueno amar y mucho menos confiar.

Había logrado sobrevivir sólo y en su corazón nunca hizo espacio para nadie. ◣

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