Jordana Amorós – España

Nihilismo

Aovillarme
es todo lo que hoy me pide el cuerpo.
Sumirme en el placer del nihilismo.

Vivir…
Vivir sin más,
sin molestarme
en buscarle un por qué al hado absurdo
de existir masticando la congoja
de ser burda materia que suspira
por trascender,
por ser iridiscente
aleteo en el aire, que trastoca
universos perdidos y es pálpito que crea
el caos necesario.

Entregarme a la plácida desidia
de respirar,
gozando del instante
lo mismo que la hierba, que se esponja
bajo la carantoña de la lluvia
y agradece cualquier deleite mínimo
que sin querer la vida le regala.

Ser solamente
un ser elemental, emancipado
de sus mil soliloquios, que rumian
soledades y agravan
el silencio con ecos de derrota.

Regresar al estado venturoso
que tenía en el vientre de mi madre
donde un don de quietud era infalible.

Y dejar de pensar…
Y dejar de sentir, si se pudiera.



El día de los lúcidos

Alguna vez
tenía que llegar a reclamarme
el día de los lúcidos.

Hoy sí
voy a mirar de frente,
por fin voy a atreverme a vislumbrar
lo que vale la pena,
a dejarme
tentar por el peligro
de la vida exultante que deflagra
ante mis ojos secos.

A subvertir la historia y a lograr
que campen a sus anchas en tropeles
las mariposas blancas sobre mis prevenciones.

Porque yo sí que sé
qué color tiene el miedo, pues lo he visto
enturbiarme el fulgor de la mirada.

Astillarme en los labios la sonrisa,
asaltarme el latido, hasta volverlo
una insana cadencia que acongoja
y abruma el corazón.

Porque yo sí que sé
cuánto puede pesar sobre los párpados
un tenue velo de desesperanza.

Voy a mirar de frente,
a buscar
la verdad,
esa que dicen todos,
que siempre duele y que nos hace libres.
Valdrá la pena desangrarse a cántaros,
llorar sobre las ruinas que contemplas
y redimirte en tus contradicciones.

Y ver cómo amanece
más luminosa y clara la mañana.



Designio

No se entretiene el viento en la cintura
del sauce, ni se enreda en su ramaje,
los acaricia, en breve travesura,
con sus dedos de brisa y sigue el viaje.

No se ensimisma el río en el celaje
de su orilla bucólica, procura
discurrir, susurrándole al paisaje,
hacia la mar, buscando otra aventura.

Los astros, suspendidos en el cielo,
no saben de quietud, son un revuelo
de azares enfrentándose a su suerte.

¿Y quieres tú, espíritu inaudito,
contrariar el designio de este rito
del cambio universal y detenerte?

Sabido es que lo inerte
lleva sobre la frente un nombre escrito
con escarcha y es muerte, muerte, muerte.

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