Silvio Rodríguez Carrillo – Paraguay

Fotografía: Arantza Gonzalo Mondragón

Si llorar eso y esto

No, yo jamás me apuro
tan solo voy venciendo pronto al tiempo,
talando mi apellido como también mi nombre
desde la pena cruda hasta la inconfesable risa rota,
como se tala un árbol construido con piedras
con sólo gestos mudos.

Si me digo te nombro
sin querer y a conciencia,
como lo hacen los solos, desprovistos
de un corazón insano como manso,
masticando el sonido que no habla
y que sueña su canto vuelto carne.

Y si te nombro huyo
del centro de mis cosas y mis juegos,
como si consiguiendo dibujarte
logre también callar tanto demonio
gritando en mis tobillos su prisión.

No, yo jamás comulgo
ni con la virgen pura ni con la puta santa
ni con la tradición ni con lo nuevo,
vomito -simplemente- el escándalo cruel
de lo que me rebasa o que me sobra
cuando me faltan manos
para tocar la piel que más me falta.

Y danzo alegremente mi tristeza
poblada de granates indecibles
cuando siento que el límite me anuda los tendones,
y apago por afuera cada uno de mis ojos
cuando mi lengua lame el sabor de lo intenso
fatalmente encerrado
en un beso de fruta que nunca tuvo cifra.

Me pierdo del nosotros…
pero es así que tiendo sobre mí
el alambre de púas que escribe en mis espaldas
el ritmo de la luz latiendo entre lo oscuro,
es así que yo escribo
sobre el muro del mundo lo posible
de lo que llega y parte sin ser pleno,
y es así que me triunfo
del asco de los días sin llorar
eso de ser carencia
y todo esto de amar sin un destinatario.



Hay para qué

Hay un eco en mis manos sosteniendo tu nombre,
una tristeza simple acurrucada y muda
detrás de mi garganta que se calla el pasado,
y una canción tranquila que te imagina cerca.

Hay una noche inquieta de calor y bichitos
agolpándose fieros detrás del ventanal,
un dolor reprimido que sin victimizarme
me aleja un poco más de cualquier gesto burdo.

Para que así me encuentre con el balance abierto
marcando los vacíos que tanto significan
y que yo simbolizo desprovisto de formas.

Para que nuevamente me acompañe la luna
en este juego inútil en el que siempre vences
con tu voz que no llega y mi piel que zozobra.

Hay una noche inquieta de calor y bichitos
agolpándose fieros detrás del ventanal,
un dolor reprimido que sin victimizarme
me aleja un poco más de cualquier gesto burdo.
Para que así me encuentre con el balance abierto
marcando los vacíos que tanto significan
y que yo simbolizo desprovisto de formas.

Para que nuevamente me acompañe la luna
en este juego inútil en el que siempre vences
con tu voz que no llega y mi piel que zozobra.



Sigo siendo

Yo me caigo fácil
y reboto sencillo.

Me rompen los dientes en un saludo
mientras yo, anciano, mantengo mis ansias
al límite de los almanaques.

Con un gesto, frase o mirada
arranco la alfombra roja del suelo
y escupo sobre el ropaje que cubre
esa desnudez tranquila que alienta a mierda.

Si me compadecen
o me admiran
es algo que me importa mucho,
tanto, como a la mayoría le importa
qué siente el desconocido de siempre,
—ese que tiene un rostro ignorado
y un nombre que no se puede verbalizar—.

Me canso
y me repongo desde la risa
de correr de mí y hacia mí,
me repongo y me abastezco
de un sueño que tuve y te nombró,
con el cuello más allá de las citas
que dicen los doctos y que escupen
desde el púlpito los no aptos para el fracaso programado.

Yo soy dispersión —¿recuerdas?—
el grito que desafía a su posibilidad de paz
porque en el ego no encuentra destrucción
sino al potro más hermoso de domar sin ayuda.

Sigo siendo
la sintaxis que no se persigna
ante las formas que admira impunemente
y sobre las que defeca sin posibilidad de lástima.

Y en esta pulsión, ridícula, inexacta y precisa
siento que no necesito ni necesité nunca a nadie
para desafiar a la estatura del tiempo
con la poquedad infinita e inasible
de mi boca en tu cintura.



Vivir de cerca

Refugiarse de todos, solo, en uno,
en ese que palpita turbiamente
el principio de Dios y su destino,
desde el primer rugido liberado
al sumar impotencias y perfidias
junto con luminosas explosiones
tras la dura derrota de los doctos.

Dejar atrás tejados rotos, sucios
y el polvo de las calles bajo un cielo
sonriente de dolor y de vacío,
las canchas donde el tedio desganado
nutre con descarada altanería
la cruenta dualidad de los idiotas
empujados a un ocio sin final
mientras sienten que nada dura tanto
como una tarde infecta de victoria.

Con el torso desnudo entre murallas
empujar el presente hasta el pretérito
con pétrea fortaleza y sin pudor,
por quebrar con orgullo vanidoso
el puente que sujeta las acciones
al ajeno deseo de conquistas
allí donde no cabe sino sed
por despertenecer a lo común.

Y vivir estas cosas de más cerca
palpando a los opuestos con los ojos
como palpa la izquierda a su contraria
en el mismo momento en que sin dudas
se saben una parte del sentido
que quiere gobernar aprisionando
el último bastión de lo honorable,
la prescindencia recia e incompartible
que sostienen los solos con sus manos.

Acerca de Silvio Manuel Rodríguez Carrillo

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